MILENIUM| Adiós querido amigo Rubén

Por Alejandro Ortega Neri

Alguna vez me preguntaron ¿cómo nos hicimos amigos Rubén Valdez y yo? No supe contestar al momento, porque la amistad, como los enamoramientos y la inspiración es súbita y sabes que está ahí,inoculada, cuando palmeas la espalda de esa persona. 

Así fue. Nos conocimos en los medios de comunicación; él era el reportero de la vieja usanza que apuntaba todo un su libreta con una caligrafía elegante y yo un inexperto foto reportero.Jamás lo vi con grabadora, pero sí con un libro siempre bajo el brazo.

Las personas creen que te recomiendan libros pero lo que en verdad sucede es que son los libros los que te están recomendando una persona. Así fue con Rubén, y ahora que lo pienso, en este maldito momento en que él ya no está, fue gracias a los libros que nos hicimos amigos.

Terminaba un evento en el museo Manuel Felguérez y a la salida del recinto lo vi recorrer, con esa pasividad tan característica, los pasillos de la librería Educal. Como siempre traía ya un ejemplar bajo el brazo y su chaleco de muchas bolsas en las que guardaba años de experiencia.  De broma le pregunté que cuál me iba a regalar y con su sencillez absoluta me contesto “el que quieras carnal”. Después de la duda y la reiteración salí de la librería con Efecto tequila de Élmer Mendoza  y la amistad llegó.

Para mi sorpresa los regalos de libros continuaron. Al de Élmer Mendoza le siguieron muchos: Salvajes de Don Winslow, Pizzería kamikaze de Etgar Keret, El renacido de Michael Punke, Voces de Chernóbil y La Guerra no tiene nombre  de mujer de Svetlana Aliéxevich, y muchos más, de poesía, periodismo y narrativa. Cuando le escribía textos para  sus proyectos periodísticos me decía que no tenía para pagarme mucho pero me regalaba libros, ¡qué elogio!

Hace casi dos años me llamó para invitarme a que me  sumara  a La Realidad, su página de noticias con la que quería seguir escribiendo, pero el trabajo burocrático y la enfermedad le comieron el tiempo. Cuando me propuso el trabajo me dio una de las órdenes más amables de mi historia en medios de comunicación: “escribe de lo que quieras” y así lo hice sin que alguna vez mostrara desacuerdo.

Hoy Rubén Valdez, mi amigo, con el que compartí innumerables charlas, lecturas y cafés, se ha ido. El hueco que deja en su segunda oficina, Il San Patrizio Café, será enorme e insustituible.Se fue el de la sangre liviana, el de la pasividad sempiterna, el caballero que pagaba los cafés de sus amigos y regalaba libros, el hermano e hijo responsable, el reportero romántico que vio siempre en la libertad de expresión un acantilado desde donde gritar. Se fue el amigo.

Con esta editorial que lleva por nombre el que llevara su columna,“Milenium”, me despido de él y del proyecto de La Realidad agradeciéndole siempre su confianza, atención y amistad. Adiós querido amigo, que el viaje vaya bien  y que descanses donde estés.