PREFERIRÍA NO HACERLO| Se fue Armando Ramírez pero su obra sigue vigente.

Por Alejandro Ortega Neri

Me compré Chin Chin el Teporocho en un puesto de libros de ocasión en el mercado de abastos de Zacatecas. 70 pesos tenía escrito en la página de cortesía con lápiz. Un ajado ejemplar amarillo que llamó mi atención por el título del libro que había leído ya en alguna ocasión cuando expuse en la universidad sobre la “literatura de la onda”y la escuela que ésta había dejado tras su paso.

Luego compré la adaptación cinematográfica  hecha por Gabriel Retes en Tepito a 15 pesos.Una versión grabada de la tele, del canal De Película, que tenía algunos cortes defectuosos. Inconscientemente estaba rindiéndole un tributo a Armando Ramírez, eterno cronista del barrio bravo.

Luego vinieron otras lecturas,mis favoritas: Noche de Califas, un regalo de mi madre, y Quinceañera, una ganga a precio de saldo en una feria del libro. La historia de la Cecilia, la quinceañera mancillada por el coreógrafo de su fiesta, un dandi del baile, me conmovió, una historia barriobajera digna de otra película de serie B de la época de crisis del cine mexicano.

Siempre disfruté leerlo. Algunas veces más que otras. Pero también se hizo costumbre ver sus cápsulas en televisión. Conocía las entrañas del bajo mundo capitalino como pocos y sus viajes los regaló sin ningún miramiento en sus novelas. Cronista sempiterno del barrio bravo, observador agudo e irónico de la realidad mexicana, Armando Ramírez hoy ha muerto a los 67 años y como su familia lo ha dicho, dejó para todos enseñanzas chingonas.

En un país  en el que se sigue padeciendo infiernos urbanos, en  el que quinceañeras siguen siendo víctimas de violación, en el que la violencia no cesa, en el que los sociólogos tienen que vender pantaletas en los tianguis y en el que sigue habiendo presidentes de pacotilla, la obra de Armando Ramírez nunca  será anacrónica y por tanto debe ser leída por las nuevas generaciones y releída por aquellos que nos topamos una vez con sus historias, su cábula y su lenguaje. 

No sé si ahora con su partida se reediten sus obras como se estila en el mundo editorial. Si no se hace qué lástima, tendrán aquellos nuevos lectores que dedicarse a buscar en las librerías de ocasión y reírse junto con Armando de esta realidad que nos ha tocado vivir, ¿qué tanto es tantito? 

Tras el anuncio de su muerte hace unas horas no podía escribir de otra cosa más que de Armando, porque fue uno delos escritores mexicanos que se me atravesó en mi camino como lector y porque a algunos de sus libros les tengo un singular afecto y su partida duele. Además porque escribir de los payasos de Alfredo Adame y Carlos Trejo,  como dijera el Bartleby de Melville “preferiría no hacerlo”.