ENTREVISTA| David Castañeda, entre el desasosiego de Pessoa y la zozobra de López Velarde

Por Alejandro Ortega Neri

La poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita, le decía Pablo Neruda a su humilde aprendiz en El cartero de Neruda de Antonio Skármeta, una frase sabia que vuelve a la mente cuando se leen despacio esos poemas  que inmediatamente hacemos de nosotros, que nos calzan a la perfección o parece que nos diseccionan el cuerpo y luego el alma para inocular paz.

Así me pasa cuando leo, con una devoción sui generis, cada poemario que sale de la pluma de David Castañeda Álvarez  (Hidalgo, 1984), quien radica en Zacatecas desde el año 2006 y que entre otros logros fue merecedor del Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde” en 2015 por su libro Un hombre, una mujer y un mirlo (UAZ, 2016).

Y es que la poesía de David no se anda por senderos rebuscados; es sincera, inocente y directa, que cuando uno la lee, ella también realiza la lectura de uno mismo, ahí, creo, reside su mayor virtud, por lo que sus poemas cuando son publicados dejan de ser de él y pasan a ser de nosotros, los simples mortales, los que no dominamos las palabras a pesar de que las necesitamos para que nos curen o nos salven del naufragio de vez en cuando.

Así me pasó con su más reciente libro, Bitácora de un desasosiego (IZC,2019), un poemario que se mece como una sinfonía agridulce en el que cada poema penetra, hiere, nos deja vacíos y con la sensación más a flor de piel de nuestra vulnerabilidad, pero que luego vuelven, como olas que regresan una y otra vez para lavar las heridas y hacernos sentir vivos y ligeros, flotantes en la pesadez del mundo.

Para conocer más del poemario me reuní con David en  torno a la mesa de un café donde descansaron sobre ella dos tazas de Americano y dos ejemplares de Serotonina, la nueva novela de Michel Houellebecq, el  de él y el mío, en fin,tres víctimas del desasosiego bebiendo café.

AON.- En este nuevo poemario te noto más pesimista, en una primera parte con poemas sobre la vejez y la muerte ¿te preocupan ya?

DCA.- Últimamente, de una manera constante.Siempre ha existido una especie de espíritu de aniquilación del mundo por varias cosas: contaminación, guerra nuclear, tecnología; es una especia de fantasma de muerte y siempre la he pensado como algo inevitable, pero ahora que nació mi segundo hijo lo pienso más. Es así como te das cuenta de que te estás haciendo viejo y con tantos accidentes que pasan te entra el temor de si los veré crecer o voy a colgar los tenis pronto. No se sabe.

Fue una temporada  de meditación, la misma que ya hicieron otras personas, otros escritores que parece que en un momento se funden con lo que yo estoy sintiendo, por ejemplo los romanos o los griegos, que son dados a los epitafios y a la reflexión sobre la muerte.

“UN DÍA VENDRÁ la muerte/ y espero aún tener ojos/para hacer un trato justo/ quiero templanza a cambio de los días en que fui feliz debajo de la sombra de un gran sauce/ a cambio de las horas de calor/del endurecimiento de mi piel/ de los atardeceres sobre el mar/de la primera vez que vi la lluvia en los hombros de mi padre/la muerte tendrá mis ojos –como predijo el poeta- pero yo quiero mi memoria intacta”

AON.-  Que es (la muerte),  junto con la vida y el amor, los grandes temas del arte. La muerte es destino seguro, pero en cada poema de este libro hay cosas que hacen que nos mantengamos también vivos. Atisbos de felicidad. El mares uno de ellos.

DCA.- Yo viví una temporada de renacimiento en el mar. Estaba harto de la escuela, de la academia en la UNAM, había una competencia feroz, entre otras cosas. Ya no quería estudiar. Me fui a Playa del Carmen y estuve ocho meses, pero me sentí como el Novecento de Baricco, que se baja del barco y dice ´que voy a hacer yo con todo esto´ pero ala inversa, pues yo venía de la ciudad y veo el mar y fue una sorpresa y ligereza que me libró de toda pesadez. El mar aligeraba mis tardes, trabaja en la mañana y en las tardes me iba al mar. Fueron ocho meses de contemplación, aprendí a nadar ahí.

En el mar aprendes a flotar ligero. Es más esa ligereza, el movimiento, el juego de las luces, el sol, la tarde,  toda la pesadez cotidiana pero hay cosas como el mar que hacen que el espíritu flote y no se vaya al fondo.

Fue parte eso, parte de mis lecturas también. Océano Mar de Alessandro Baricco, El cementerio marino de Paul Valéry y otro montón de referencias literarias que forman parte de mi vida.Siempre trato de amalgamar, porque no tiene caso leer algo si no lo vas asentir. Fue por la lectura que fui al mar. 

También por un poema que me gusta mucho que es “Simbad el marino”, que es un viaje amoroso, y precisamente en este libro (Bitácora del desasosiego)hay una parte trágica, pesada, pero siempre está la parte amorosa que trata de salvar todo eso y es lo marino. No fue intencional, pero ahora que lo dices así lo pienso. Es la parte amorosa, la que te puede salvar.

“Lo único que cuenta es el viaje, nadar con las medusas, jugar con ello do en nuestras manos, escapar de casa y regresar de nuevo. Un bote se aleja como si huyera. Miro esa barca como a mi propia vida y pienso en dónde ha determinar su recorrido. Mi madre me dijo que si eres bueno llegas al cielo. Yo espero haber hecho lo correcto para no perderme en estos días sin brújula ni timonel”

AON.- Los poemas de cada uno de tus libros tienen una estructura distinta. Este poemario trae una especie de introducción al poema, por qué hacerlo así, yo, que soy un ignorante de la poesía, explícame esta parte…

DCA.- Está basado en los Diálogos con Leucó de Cesare Pavese. Lo imité. Y también pensando que el mar invita a la reflexión y si es reflexión se acerca más a la filosofía que a la poesía. Por eso trate en ese primer párrafo de dar una introducción y una reflexión. Trato de ser mitad filosófico, mitad lírico. Traté de que los poemas movieran al intelecto y a los sentimientos. Fue una especie de juego, de experimentación. Traté de fusionar la reflexión con lo sensible. 

AON.- Me gusta también cómo trabajas con el lenguaje, con la palabra. No es ese tipo de poesía pretenciosa, sino honesta, con palabras e imágenes cotidianas a las que les extraes la poesía.

DCA.- Siempre he pensado que si un poema no lo entiendes es que algo estás haciendo mal como poeta, porque a lo que quieres expresar le estás poniendo trabas tú mismo, quizá por una especie de máscara, porque se es poeta y sabes del lenguaje. No estoy en contra de eso.En la historia de la poesía están los poetas cultos y los poetas vulgares. Los vulgares cantaban canciones y la gente se las aprendía de memoria, y eso para mí, que la gente se llegue a aprender algo de uno de memoria sería muy chido.

Casi siempre he buscado una parte media, que no sea tan rebuscado y vulgar. Quiero que quien me lea me entienda,que entienda lo que sentí y la imagen que quiero dar. Algo que me ha funcionado es que antes de publicar o dejar fijo un poema, se lo doy a leer a mi esposa que no es especialista en poesía. Ella me dice si lo entiende o no.  Imagino un lector al que no le cueste trabajo. Es muy difícil, pero trato de que suene vivo, no acartonado. Pero sí estoy más del lado de los que quieren escribir para que los entiendan y no para que los estudien.

mi espalda se endurece cada año/y gran parte de mi felicidad/consiste en lavar los trastes/oler libros/y hablar sobre el origen de los astros”

AON.- Padezco el desasosiego pero no utilizo mucho la palabra. Pero cuando la veo en un libro me remite a Pessoa. ¿Qué otras cosas te causan el desasosiego?

DCA.- La muerte, el amor y esas cosas sublimes y muy grandes que no tienen explicación, como el mar o la noche.Cosas presentes en toda la historia de la humanidad, cosas que te vuelve intranquilo. Una ansiedad que te obliga a vivir, porque sabes que como vas a morir tienes que disfrutar más la vida, pero todo es a raíz de una intranquilidad, de una zozobra, de que me va a cargar el payaso.

El amor tiene muchísimas etapas de intranquilidad, de zozobra, sosiego y desasosiego. Sí es Pessoa pero también es López Velarde, siempre intranquilo, un maestro de la zozobra, nervioso, incómodo entre la sacralidad y la perversión. Y Pessoa naturalmente. Ese libro (El libro del desasosiego) debería ser un género literario en sí mismo. Sí, de ahí también me inspiré.

Leer a David Castañeda es leer al poeta que sabe que domina la palabra pero que aun así en cada creación la redescubre y se asombra de ella, así como del mundo y de sus maravillas. Ha publicado también Y el verbo se hizo polvo (Policromía, 2016), el mencionado Un hombre, una mujer y un mirlo (UAZ, 2016) y la cartonera Diez poemas a una mujer con vestido blanco, sombrilla y pañuelo de espaldas a la ventisca, pintada en medio de la canícula (La Cecilia, 2018).  Con Bitácora de un desasosiego David ha creado un poemario fino más no finito, que nos recuerda que la cotidianidad está llena de poesía, que muchas veces llega como las olas del mar, lavan y se llevan algo de nosotros, y vuelven para regresarnos algo de lo que un día fuimos. Su poesía es una tabla para los naufragios.  Hay que leerlo siempre.

Fotos: Alejandro Ortega Neri