DE LUNES TODO EL AÑO| Aprende a amar el plástico: crónicas para combatir la corrección política

Por Alejandro Ortega Neri

“Siempre que un hombre desea enderezar su destino aparece un téibol para conducirlo por el camino del mal”. “Sabía que ir a The Cure era una necedad. Pero para mí la música es como unas nalgas, apenas se mueven encantadoramente, valgo lo que se le unta al queso”. “Lo que se perfilaba para ser el mejor Vive Latino de mi vida se desinfló como condón de diabético”.Estas son sólo algunas de las frases certeras y sarcásticas de las crónicas de Carlos Velázquez, textos que en mi opinión han venido a darle un respiro al periodismo musical y a ser un arma para combatir la nefasta corrección política,y que pueden leerse en el nuevo libro Aprende a amar el plástico (Cal y Arena, 2019)

Melómano irremediable, el lagunero Carlos Velázquez, además de teclear cuentos entrañables como “El alien agropecuario”, se ha dedicado a hacernos partícipes de sus andanzas y peripecias en conciertos y festivales que tienen como escenario las noches de los excesos. Y lo ha hecho de la manera más noble posible, mediante la crónica, ese ornitorrinco del que hablara Villoro, en el que coquetean un sinfín de herramientas narrativas para trasladar al lector al lugar de los hechos.

Pero lo chido de las crónicas de Velázquez es que son muy honestas, directas, brutales y sin adornos o adjetivos apretujados, como se suele en el género, aunque, eso sí, muy contundentes. No se anda con medias tintas y se da el lujo de despotricar sobre un concierto de cuatro horas de The Cure como lo hace en “Darks de boutique”, en la que escribe que ojalá el amor durara tanto como un concierto de dicha banda.

Sexo, drogas y rock n´roll, como dicta el lema, son también el común denominador de las crónicas que conforman Aprende a amar el plástico, que dan cuenta además del quehacer, ya de años, de Velázquez en el oficio y en las fiestas donde los excesos son los principales invitados. Pero también nos muestran a un especialista en perder vuelos, a un campeón de las peleas en conciertos, capaz de hacer rajar a hooligans mamados, y a un hombre que a pesar de sus esfuerzos por mantener relaciones amorosas estables, sabe que su más larga y duradera será con la cocaína y la música.

“No sé si algún día muera por alcohol o por drogas, lo que sé de cierto es que sin escribir y sin música, ya estaría muerto” ha escrito para la edición mexicana su amiga Mariana H. Y tiene toda la razón, porque detrás de cada texto, más allá de la superficie de la caspa del diablo, del alcohol, de pleitos y vuelos perdidos, lo que expelen las historias de Velázquez es una pasión inconmensurable por la música que hace que hasta imaginemos como se rompió su corazón cuando no pudo pagar un box set de los Who con una tarjeta del banco ajena.

Heredero y presumible representante de un, diríamos, Gonzo mexicano, los textos de Carlos Velázquez son imperdibles. Y a pesar de lo que sucede con todo libro recopilatorio, de que algunos gustan más que otros, ninguno, creo, tiene desperdicio. Aunque sí debo decir que tengo mis favoritos, que son: “Darks de boutique” en el que destroza a The Cure y Robert Smith; “She Works hard for the money” en el que ordeña, junto con sus amigos, una tarjeta bancaria que se encontró;  “Diarrea y asco en el Vive Latino” en el que narra cómo unas quesadillas le robaron lo que pudo ser su mejor festival; “Conectar en Tepito” con un valor periodístico incalculable, pues se mete a las entrañas del barrio bravo a comprarles droga a la Unión; y “Norteños vs. hooligans” en la que, junto con un escritor Zacatecano, se agarran a madrazos con un inglés que les estaba picando el culo mientras en el escenario del Corona Capital tocaban los Black Keys. Pero, repito, ninguna crónica tiene desperdicio y se leen de corridito.

Si a usted le gusta la música, la fiesta, las drogas  o saber dónde está el mejor téibol de México y uno de los mejores del mundo, lea Aprende a amar el plástico. Pero si no y además le molesta, mejor ni se asome y continúe viviendo en los tiempos inquisitoriales de la corrección política.

Foto: M. Espino