FCZ2019| ¿Qué siente la mano derecha de Zecchini? O los calcetines del pianista.

Por Alejandro Ortega Neri

Zacatecas, Zac.- En 2006, el ínclito Gabriel Zaid escribió un ensayo titulado “Periodismo cultural” en el que criticaba a aquellos periodistas que no informaban sobre lo que dijo el piano maravillosamente, sino que se concentraban sobre los calcetines del pianista. Refutándole, la argentina Leila Guerriero decía que todo buen periodista debía ser capaz de entender lo que dijo el piano pero también de cuando era necesario informar sobre esos mismos calcetines de pianista.

Con esta diatriba retumbando en la cabeza asistí el día de ayer al recital que el pianista francés Maxime Zecchini dio en el Teatro Fernando Calderón de Zacatecas, el motivo: regalaría a los asistentes un “Concierto para la mano izquierda” inspirado en el de Maurice Ravel, lo que lo ha convertido en el tercer pianista en el mundo en hacerlo.

El periodista, como el fotógrafo,debe estar atento y abierto a las sorpresas, al azar. Depende mucho de lo que pase al instante para hacer su captura o decidir la manera en cómo escribirá la información. Pensando en esto, comencé a dudar si debía escribir del que no podía abrir su dulce y hacía ruido con el celofán, o del que no tuvo con quien encargar al niño y lo llevó para que pateara las butacas. Pero yo quería escribir sobre el recital de piano Maxime Zecchini.

Luego pensé en la especialización. No soy especialista en conciertos para piano, mucho menos en moda para hablar de calcetines. Quizá mi única especialidad sea la queja, pero yo quería, en esta ocasión, escribir sobre el recital de piano con la mano izquierda que tendría en frente. Luego me volví a acordar de Santa Leila Guerriero cuando se manifestaba en contra de la especialización, pues decía que un buen periodista debe ser experto en todo, pero de una cosa por vez. Un renacentista modesto con la capacidad de abrir el campo y aprender a mirar.

Así pues, aliviado por las enseñanzas de la enorme periodista de chinos imponentes, me dediqué a mirar y escuchar, porque Zecchini estaba ya en el escenario mientras yo seguía pensando qué escribir. Supe que no lo haría de sus calcetines porque no tenían nada extraordinario.Negros por completo. En lo que sí me fijé fue en su mano, no en la estrella que acariciaba algunas teclas con suavidad y algunas otras con la potencia de un  trueno hasta estremecer, sino en la que descansaba sobre su rodilla.

Lo prodigioso de escuchar a Maxime Zecchini es que, si no lo ves, si cierras los ojos y te dejas llevar,tienes la impresión de escuchar paseándose sobre las teclas del Petrof a las dos manos. Pero cuando los abres ves que es sólo la izquierda la que, mediante la disposición y la rapidez de sus dedos, registra cada tecla y crea, en ocasiones, el sonido no de uno sino varios pianos.

Virtuoso y espectacular fue el repertorio que el francés obsequió hasta los que tosen por convivir. Fue, con su mano izquierda, un redescubridor de la Fantasía Opus 76 de Alkan, del Miserere de Giuseppe Verdi y de la Transcripción del Concierto para mano izquierda de Maurice Ravel. Piezas que fueron de lo etéreo de un beso en noche de verano, al dramatismo de una noche de crudo invierno. De lo grácil a lo burdo. Y el viaje, con los ojos cerrados, fue magnífico, porque imaginaba las manos multiplicándose más rápidas que las del entrañable Novecento del film de Tornatore, pero al abrir los ojos, era ella, sólo una, la izquierda.

¿Qué pensará la derecha? Pensé. El periodista siempre atiende al primer lugar de la carrera, al que gana la batalla sobre el cuadrilátero o al que mete el gol al último minuto, y olvida a los demás espectadores del triunfo que forman parte de ese equipo. Pensé en la mano derecha e imaginaba lo que pensaría si pudiera hablar. ¿Sentiría envidia porque no la invitaron a la fiesta? ¿Descansaría quizá de tocar, otra vez, a Chopin? ¿Extrañaría a su hermana en el andar saltarín sobre las teclas?  Lo que sí es que la veía inquieta, posada sobre la rodilla y a veces sobre los muslos de Zecchini, quien se acordaba de ella cuando había que secarse un poco el sudor de la frente con el pañuelo.

Al final, para regocijo de esa mano derecha, se unió a la izquierda para interpretar “una canción muy conocida”dijo con su poco español el francés, quien se sentó al piano a tocar “My way”para dar fin al viaje que su mano izquierda condujo mientras la derecha la volteaba a ver.   

Fotos: Alejandro Ortega Neri