DE LUNES TODO EL AÑO| La llave perdida; reír o llorar con Buster Keaton

Por Alejandro Ortega Neri

Buster Keaton es una de las figuras del espectáculo y el arte que me parecen más entrañables. Se podría decir que hasta lo quiero. Cuando lo conocí me sacó lágrimas de tanta carcajada y me pregunté cómo alguien que no emitía el mínimo gesto pudiera provocar una reacción así. Leí luego una filmobiografía de Tomás Pérez Turrent y supe que el talento de Keaton, el  querido Cara de Palo, se debía a que había hecho gags prácticamente toda su vida. Inició con sus padres en la comicidad a los tres años, pero cuando pudiera leerse esto como una proeza, vino la filósofa polaca Alice Miller a decirme que no.

En 1988, orientada por la misma inquietud,la también psicóloga, recordando cuando de niña vio a Keaton, quiso saber también cómo era que el cómico extrajera carcajadas y él no reír ninguna vez. Comenzó pues también a leer biografías pero su formación e intuición psicológica le dijo que todo  era producto de una infancia dura, en la que incluso el niño sufrió maltrato, pues no podía ni llorar ante los golpes y caídas en el escenario para no terminar con las carcajadas del público que se lo pasaba en grande en las carpas.

“Si Buster Keaton hubiera estado en condiciones de darse cuenta de que sus padres lo explotaban desvergonzosamente, y además no solo maltratado su cuerpo, sino mutilado brutalmente su alma, sin duda no se habría pasado la vida divirtiendo a la gente sin tener él mismo ningunas ganas de reírse” dice Miller en su ensayo “Carcajadas entorno a un niño maltratado o El arte del autodominio (Buster Keaton) que se incluye en el libro La llave perdida (Tusquets,2013), un compendio de textos en el que la psicóloga continúa su camino hacia el descubrimiento de las zonas olvidadas del alma humana, en este caso, en la infancia.

A parte de tocar el caso del cómico estadounidense, Miller se acerca a Friedrich Nietzsche y Pablo Picasso,por mencionar a algunos, y partiendo del estudio de sus biografías y sobre todo poniendo atención en la infancia de ellos, la autora viene a encararse también con los  biógrafos, historiadores y críticos del arte que han reducido y minimizado a simples contextos, las obras de estos artistas y pensadores. Empero, dice Miller, han omitido el estudio delas zonas de olvido del alma que es donde habitan los traumas y las angustias y que para la autora se encuentran en la niñez.

Es ahí donde se puede entender el nihilismo del filósofo alemán y no en sus estudios superiores; es en un terremoto durante el que parió la hermana de Picasso donde se puede entender el Guernica y no solamente en la guerra, y es en el maltrato físico de Keaton y su prohibición a quejarse o a llorar a los tres años de edad con tal de hacer reír a la gente donde se entiende su principal característica a lo largo de su carrera que devino en la adultez en un trastorno que lo mantuvo internado un tiempo. Por eso, la infancia es la llave perdida que utiliza la autora para entrar en esa zona, las moradas interiores que esconden secretos y explicaciones.

Es un libro maravilloso, revelador y provocador, ampliamente recomendable para los interesados en la psicología y la hermenéutica, aunque por mi parte culparé a Alice Miller de ya no querer reír cuando vea a Buster Keaton y en vez de eso me ponga a llorar.