Graciela Iturbide: la libertad, la vida y la muerte en “Cuando habla la luz”

Por Alejandro Ortega Neri

Ciudad de México.- Han tenido que pasar casi 200 años para que alguien, de apellido Iturbide, vuelva a habitar la elegante casona que se levanta en la calle Francisco I. Madero del centro histórico de la ciudad de México. Los patios y salones del número 17 ahora se rinden no ante un emperador decimonónico, sino hacia una de las reinas de la fotografía mexicana, de mirada inigualable, que durante 45 años se ha dedicado a robarle el alma a los mexicanos y extraer la belleza de donde parece que no existe, la gran Graciela Iturbide (México, 1946).

Atraída desde joven por la literatura, el cine y las artes, Iturbide inició su carrera dentro de la fotografía en 1972, cuando después de haber hecho una foto en Zihuatanejo,Guerrero, el maestro de la fotografía moderna mexicana, Manuel Álvarez Bravo observara en ella un potencial inconmensurable que se demostró después de fungir como asistente del gran fotógrafo.

“Cuando habla la luz”, exposición auspiciada por el Fomento Cultural Banamex A.C, reúne pues el trabajo de Iturbide desde 1972 a 2017, no como una muestra retrospectiva, sino con la idea demostrar el público mexicano los temas que le han interesado a lo largo de su trayectoria tras el visor y sus complicidades con los retratados y por supuesto con la luz; desde su inicio juguetón con la cámara, pasando por su pasión por el retrato del México profundo a la atracción de le geometría, hasta finalizar con las clásicas aves que pueblan sus imágenes.

La exposición está dividida en 20 módulos que dan fe de la mirada aguda, ingeniosa y bastante antropológica de Iturbide. Todas impresas a blanco y negro, para acentuar el dramatismo de los rostros inmarcesibles y los paisajes, y logradas con la técnica de plata sobre gelatina, tradición incólume en la carrera de la fotógrafa.

¿Cómo hacerle para entender la maestría y la profundidad de las imágenes de Graciela Iturbide que engalanan la muestra “Cuando habla la luz”? Es usual que quien domina la photo obedece a un capital cultural hereditario. Iturbide recuerda como su padre tomaba instantáneas de la familia y las guardaba en un cajón que Graciela hurgaba con asiduidad. Observar esas fotos era  para ella como encontrar un tesoro, ha dicho. Luego a los 11 años recibió su primera cámara Kodak y el viaje empezaría, consagrándose quizá de una manera tardía pero exitosa, después de encontrar su propia concepción del tiempo.

En “Cuando habla la luz” se puede observar ese proceso y su propia concepción del tiempo. El primer módulo titulado “Mirándome” consiste en una serie de autorretratos, algunos en meros reflejos de la sombra aprovechando el paisaje mediante un empleo logrado de la “estética del defecto”, otros de sus pies en la bañera, desvelando la inquietud inicial de la fotógrafa, y otros más, mejores logrados como el de 1996 en el que la fotógrafa sostiene un pescado sobre su boca.

En el segundo módulo igualmente se denota la continua educación de la mirada, pues ahora los encuadres son sobre las texturas, también del pescado, las del suelo y la tierra en donde descansan ya sean pies curtidos o animales moribundos.

Luego la exposición nos conduce por su etapa como retratista de ese México de adentro. Que quizá es en resumidas cuentas, lo que condensa la mayor parte de la obra de Iturbide. Inicia con “Los héroes de la Patria”, el retrato de un anciano indígena enmarcado por los retratos de Hidalgo, Morelos, Josefa Ortíz de Dominguez e Ignacio Allende.

Sus registros del retrato varían tanto de personajes como de geografías. Iturbide ha sido una viajera consumada que así como puede adentrarse en un ritual luchístico en la India, puede obtener con facilidad un retrato íntimo de un Muxe en Oxaca, una escena cotidiana, tras el telón, de los enanos de un circo o bien un danzante en descanso.

Sin embargo la exposición vale por sí sola cuando el espectador se encuentra con las obras que le han dado reconocimiento mundial, como “Mujer ángel” que hizo en el desierto de Sonora en 1979, o “Nuestra  Señora de las Iguanas”capturada en Juchitán en el mismo año. Quien se adentre en el universo fotográfico de Iturbide encontrará diálogos constantes: el retrato voluntario,los rituales con animales, la vivacidad de la muerte y la libertad de las aves.

Después de ver “Cuando habla la luz” lo único que atinaremos a preguntar es: ¿Cuál es el poder que tiene Graciela Iturbide para que todos volteen a su cámara y regalar, así sin más, su alma? Seguramente la respuesta es el amor tras cada disparo, la pasión por detener y volver inmortal cada gesto, cada vuelo. Si le gustaría ser parte de este viaje aún tiene tiempo hasta el próximo mes de abril. Una oportunidad inmejorable para conocer gran parte de la obra de esta gran fotógrafa mexicana. 

Foto: Alejandro Ortega Neri