CRÓNICA| Desastre, luna llena y nostalgia; Moonspell sacudió la FIL de Guadalajara

Por Alejandro Ortega Neri

Guadalajara, Jal.- Si mal no recuerdo,  en los cinco años consecutivos que tengo visitando la Feria Internacional del Libro de Guadalajara ningún  acontecimiento había levantado tanto la expectativa como un concierto de heavy metal, y es que este año no era cualquier concierto,Moonspell, una de las bandas legendarias del metal, nacida en la época dorada del género, la década de los 90, piso el suelo jalisciense como invitado de honor para hacerlo cimbrar casi como el terremoto que sacudió su natal Lisboa en 1755.

Hoteleros y  restauranteros estaban extrañados. Una horda de hombres de negro atiborraba sus negocios; chaquetas de cuero, barba, cabello largo, playeras con logos inentendibles los caracterizaba como pertenecientes a una tribu que no se había visto por la Avenida Mariano Otero en los días de la FIL. Llegaron en camiones y sprinters en el penúltimo día de actividades. Compraron cerveza y se formaron fuera del recinto donde la música se mezcla con la literatura cada última semana de noviembre y primeros días de diciembre, el Foro FIL.

Seguidores de esos lobos que fueron hombres, los metaleros aguardaron a las afuera del recinto esperando que abrieran la puerta. Uno que otro, aprovechando la visita, se coló a la feria del libro a comprar literatura de terror, ¿de qué más? Vestidos de casaca negra, ora con el nombre de Dimmu Borgir, ora con el logo de Immortal en su primera etapa, pagaban formados su ejemplares de Stephen King.

A pesar de que el concierto estaba anunciado desde mediados de año que iniciaría a las 9 de la noche y que la entrada sería gratuita, al ver el contingente que se asentaba fuera del foro, los organizadores anunciaron que las puertas se abrirían a las 7 de la noche, algo inusitado, pues no solamente esperaban gente desde temprano, sino que por vez primera en 32 años de historia, la FIL abría sus micrófonos a una banda de heavy metal; la velada se auguraba oscura y ruidosa.

Desde un día antes los integrantes de la agrupación comenzaron sus actividades en la feria; en un primer momento Fernando Ribeiro, el vocal, ofreció una conferencia en el stand de Portugal donde habló de algo de su historia personal y de la banda y cómo se relaciona su formación con la literatura; se habló de Pessoa, de Lovecraft, de Rulfo.

Horas más tarde charlaron con la prensa sobre el repertorio a tocar, sobre el estado actual de la banda y del metal en general, sobre sus procesos creativos, sobre los fans y sobre Europa.Por la noche junto con el periodista Rocardo S. Amorim  y el escritor José Luís Peixoto, Moonspell presentó su biografía Lobos que fueron hombre de la autoría de Amorim, en un salón repleto de fans que esperaban la firma del ejemplar que llegó recién traducido y salido de la imprenta a los salones de la FIL

Pero el evento esperado era el concierto, algo con lo que los fans  se habían quedado con las ganas, pues apenas el año pasado la banda canceló su pasó por este lugar debido a problemas con los empresarios y promotores, pero ahora, gracias a la Universidad de Guadalajara y al gobierno portugués, el show se lograría y fue como se esperaba, una hecatombe.

Las luces se apagaron y el grito al unísono de la fanaticada rompió el silencio y los susurros. Sobre el escenario, apenas una luz fue suficiente para el humo que se vistió de neblina en un bosque oscuro logrado con visuales por donde Fernando Ribeiro, con sombrero, gabardina de cuero y una lámpara de petróleo en las manos comenzó a desfilar, perdido, cobijado por la noche. No estábamos en 2018, era 1775 y un terremoto en Lisboa estaba a punto de acaecer. 100 mil personas morirían bajo los escombros.

A ese hombre solitario se le sumaron otros cuatro, Pedro Paixão al teclado, Miguel  Gaspar a la batería, Aires Pereira al bajo yRicardo Amorim a la guitarra. El terremoto comenzó. “Em nome do medo” abrió el concierto, oscura y destructiva, con coros apocalípticos. Le siguió “1755” queda nombre al álbum, igualmente poderosa y destructiva, “Desastre” y “Ruinas”también sonaron en el espectáculo en el que parecía que Moonspell quería igualar con su sonido, la pesadilla, el horror, la muerte de aquella mañana del 1 de noviembre en Lisboa.

Luego vino la nostalgia, pues como invitados de honor y en el marco de la presentación de su biografía, había que hacer un repaso a su historia y sus clásicos. “Opium” fue la rolota que rebobinó la cinta mental y espiritual de los presentes. Una de las canciones más poderosas de la banda en la que la voz limpia y la gutural del mismo Fernando imponen, atemorizan. Riffs, melodías y la poesía de Pessoa en una misma y perfecta canción.

A esta le siguió “Awake” y “Herr Spiegelman” que a muchos nos dio justo en la adolescencia, cuando queríamos tocar la guitarra tan perfecta y melódicamente como lo hace Ricardo Amorim, quelo que tiene de introvertido y borracho lo tiene de virtuoso. No fue la única en la que demostró sus dotes, pues Moonspell ha abogado siempre por la melodía y los solos de guitarra, y ese lobo estepario es un  cabrón para encargarse de eso.

Las tres rolas del Irreligious abrieron la puerta al pasado, la cabeza se movía al compás de los recuerdos. Quizá quien pasaba por fuera del recinto pensaría que dentro había un ritual satánico, lo que no imaginaba es que una horda de bárbaros les demostraba amor a una banda que por más de 25 años ha regalado excelente metal y poesía.

Luego del breve set de Irreligious vinieron algunos temas del álbum súper gótico Extinct del año 2015, que a pesar de que es uno del gran agrado de la fanaticada, la memoria buscaba más al fondo, sonó también “Everything invaded” del The Antidote que fue la metáfora precisa para describir el ambiente en la FIL, que estaba invadida por el enorme sonido de la banda y la marea negra que emitía sonidos guturales sin cesar.

Los nostálgicos esperábamos algo del Sin pecado, el disco que refleja en el metal el cambio de una centuria a la otra, pero los lobos se decantaron mejor por lo clásico y en un viaje que nos llevó  hasta 1995, comenzó a sonar “Vampiria”, y el escenario se tiño de un rojo cegador, pasional, casi tan rojo como el líquido que bebe el habitante de esa tierra que da nombre a la canción y Moonspell dio cuenta que no nada más es una banda que se limita a tocar sin cesar, sino que también crea, para su fiel público, atmósferas teatrales que pasman. Durante “Vampiria”, Ribeiro envuelto en una capa regaló quizá la imagen inolvidable del concierto.

Pero aún no era el final, pues faltaba lo que para mí es un himno del metal noventero, mismo que inició con el coro monumental de los headbangers reunidos.“Alma Mater” era  el súmmum, el paroxismo para terminar la noche en la que hubo más de una luna llena. La rola que da el nombre al sello editorial de Fernando Ribeiro que editará la obra literaria y poética de los grandes del metal, hizo retumbar el foro de la FIL. ¡Virando costas ao Mundo/Orgulhosamente sós/Glória Antiga, volta a nós! Alma Mater!

Fotos: Alejandro Ortega Neri 

Para mí era el final perfecto, el soñado desde hace 20 años cuando los escuché por vez primera. La piel erizada,el miedo al pensar que era una alucinación, pero no. La voz de Ribeiro me estrujó, siguiendo un viejo ritual de la banda cerrarían su presentación con “Fullmoon madness” del querido Irreligious,pero para mí, la locura había llegado y todo había terminado. La luna llena se posó sobre el escenario, lo demás fueron tinieblas.